La velocidad del papel

por: Yandrey Lay Fabregat

Me sentí enojado el día en que me enviaron a trabajar al periódico Vanguardia. Hubiera preferido, y así lo afirmé ante los profesores de la facultad, impartir clases en la carrera de Periodismo en la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas. Sin embargo, alguien entendió que yo sería más útil en la prensa escrita que en la oscuridad de los claustros y un buen día de septiembre me vi sentado en la recepción del periódico, esperando la llegada de Arturo Chang, el director. No me alcanzarían ocho páginas para describirles la frustración que me embargaba en esos momentos, ni la furia que me inundó cuando el Chino Chang, después de varias horas de espera, me preguntó muy cortés: «Eh, Yandrey Lay, ¿y usted qué hace aquí?».

La mayoría de los periodistas ni se acordaba de mí, de las dos veces que hice prácticas en el Vanguardia cuando era estudiante. Los que guardaban algún recuerdo borroso y la certidumbre de que me graduaría ese año, imaginaban que, como es usual, buscara un empleo en La Habana. No obstante Chang supo disimular muy bien cualquier evidencia de preocupación, de alarma, y me presentó a Yusnel Fleites, por entonces jefe de información. Inmediatamente tuve dos tareas para ejecutar en la semana: una nota sobre el evento de artistas y artesanos, así como otra sobre la situación del aedes aegypti en Santa Clara.

No fue sencillo el tránsito del paternalismo universitario a la rigurosidad del trabajo diario, donde cada error se paga con pérdidas del salario y del prestigio profesional. Los ciclones del 2008 resultaron mi bautismo de fuego, pero alcancé la mayoría de edad la mañana en que me designaron a cubrir las temáticas relacionadas con la agricultura, el sector cooperativo y campesino, la zafra y una parte de los cuentapropistas. Al principio los odié, sobre todo a la agricultura, donde el reportero debe conocer las estadísticas y peculiaridades de cada cultivo para no quedar como un ignorante frente a sus fuentes de información. Después comprendí que no hay gente tan sencilla y honrada como la que trabaja en el campo, y que cada elogio que se dedique a su trabajo es poco en comparación con el esfuerzo que realizan cada día.

He tenido buenos maestros, tanto dentro del gremio como especialistas en las diferentes temáticas. Son personas que uno siempre llama cuando hay una duda o para que lean el trabajo y detecten cualquier equivocación. Sin embargo, he cometido muchos errores, descuidos de la mente y no del corazón. Una vez fui a una cobertura y entrevisté a muchísimos obreros, pero se me olvidó tomar los nombres de cada uno. Me percaté del problema al llegar a mi casa, cuando ya no había solución posible. Logré subsanarlo de una manera decorosa al escribir una crónica donde me centraba más en los valores del hecho que en la identidad de sus protagonistas. Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra. Por eso ahora, y con el objetivo de saltar por encima de la regla, al finalizar cada entrevista le digo a mi interlocutor: «Yo sé que usted me dijo el nombre. Por favor, ¿podría repetirlo de nuevo?».

A lo largo del breve tiempo que he pasado en Vanguardia he comprendido que lo más importante no es el sensacionalismo de la noticia, sino el análisis que uno pueda hacer de ella; que la censura más ridícula es la que se aplica uno mismo; que repetir palabras no constituye un delito siempre que se haga para mayor comprensión del texto; que los trabajos más impactantes son aquellos que revelan los valores de la condición humana; y que el periodismo deber ser un puño de hierro envuelto en un guante de seda. El proceso de aprendizaje no ha sido fácil, muchas veces uno tiene que sudar sangre para poder adquirir la letra y, entre periodistas, los caminos de la enseñanza no siempre coinciden con los de la pedagogía.

No obstante, puedo asegurar que he pasado buenos momentos entre mis compañeros de trabajo. Aquí la gente se disfraza los días de cierre, se ríe con las ocurrencias de Pedro Méndez y Francisnet. A veces le armamos un chiste con los choferes o le hacemos una mala jugada a Ramón Barreras. También hemos tenido malos ratos, sobre todo cuando llega la enfermedad, la muerte o una infrecuente discusión laboral. Y aunque me gustaría que cambiaran unas cuantas cosas en el periódico uno soporta cualquier dificultad, cualquier cansancio, porque sabe que hay muchas personas que te leen, te comentan y después te lo manifiestan a través de disímiles vías: a viva voz, por teléfono o mediante el impredecible correo.

Después de este tiempo, agradezco infinitamente la «equivocación» de aquellos que me pusieron a vivir a la velocidad del papel. Incluso, a veces creo que no habría podido acostumbrarme a otro lugar. Si pudiera pedir un deseo, querría que todos estuviéramos juntos en el próximo medio siglo de Vanguardia. Sé que es una ambición imposible. ¿Puedo solicitar otra cosa? Bien, me gustaría que dentro de cincuenta años las personas que trabajen aquí se parezcan en algo a las de hoy: la voluntad de sortear cualquier obstáculo con tal de hacer el mejor periódico del mundo.

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