Papá, yo quiero que tú…

 Yo no sé si algún día logre ser como él. Tampoco sé si alcance matrícula o felizmente consiga graduarme de ese perdurable magisterio al que, con doctrinas de una filosofía distinta y sin ánimos de hacerse el héroe, ha decidido consagrarse. Maestro sin tizas ni cuartillas, pedagogo con su cátedra mayor a cuestas, metodólogo de proceder preciso, especialista destacado en «Hijología», mi profe de las mil materias y circunstancias…

Aunque casi nunca se ha parado frente a un aula y cree no ser el más habilidoso en el arte de explicar o departir en público, veintitantos años entregados a una instrucción de obrar a toda hora, a despecho de sus vértigos y de su ajustado tiempo, ya le han bastado para crearse, en el más alto rigor del cariño, un currículum insuperable.

Y por sus propios méritos como ávido estudioso de mis intereses y desvelos, se ha agenciado también una categoría de instructor-asistente y titular de siempre, con la que me auxilia gracias a la erudición de sus afectos, por esa facultad de facultades de conferirme el bien sin reparar  a veces en la justa medida de lo que merezco, malcriando con desprotección algunos de mis caprichos, pero queriéndome cuando más lo necesito.

No sé si pueda imitar con su paciencia única esas poses intranquilas devenidas a cada rato resabios pasajeros,  constantemente agraciados con la apacible intención de hacerme comprender lo mal hecho, sin que me insulte, sin que lo culpe, sin que nos agraviemos por nimiedades de escaso sentido.

Invocador de las mil maneras a la hora precisa, artesano de una rudeza complaciente que lo convierte en el brazo más corpulento y nervudo de la familia; predecesor de mis alardes de virilidad y de ese machismo enérgico por el que algunos me incriminan al pensar, como si no hubiera una raíz, un motivo y un ejemplo en casa, que en ocasiones me cuestiono si romper o seguir; portador de buena parte de mis genes guajiros, de mis aficiones por el campo y su atractiva gracia, de mi voz alta y mi carácter enfático y en extremo ordenado.

Confieso que, como el que no quiere las cosas, tarde por tarde lo escudriño con celo, lo investigo desde una mirada inquisidora que no necesita preguntar para saber cómo andamos de ánimo, o a qué se deben las razones de su cansancio casi cotidiano.

¡Caramba! Mira que he intentado descifrarle el secreto. Mira que he  tratado de hacerle entender que no se despabile tanto por mí, que a fin de cuentas ya he crecido y deseo seguir creciendo; que la mejor ayuda siempre será enseñarme el camino y confirmarme al mismo tiempo que no por verme como el artífice dejará de andar conmigo; que su confidencia generosa no se agota ni se extingue al caer la noche o al amanecer; que padre aspiro a ser, aunque corra el riesgo de que mis hijos, quién sabe cuándo lleguen, me reprochen o en el mejor de los casos me alerten a tiempo: “Papá, yo quiero que tú… seas como abuelo”.

Por Yoelvis Lázaro Moreno

Caricatura: Linares

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