Robar libros: el delito más hermoso del mundo

Esta muchacha que conozco colecciona libros. Es una voraz lectora de toda aquello que le cae en las manos, por eso aquel día en la biblioteca no pudo contener el deseo de aprovechar el instante, en el que la técnico de la sala se entretuvo, para guardar el volumen deseado en el bolso y salir, como otras tantas veces, caminando como si nada hubiera pasado.

«Me pongo nerviosa, es verdad, pero son libros que ahí están prácticamente inutilizados, la gente les pasa por el lado y ni siquiera se dan cuenta de su importancia, conmigo están mucho mejor»

Pero de estas “muchachas” permanece llena la casa: amantes de la lectura, del placer del libro, de la riqueza cultural que brinda; “muchachas” que prefieren guardar para uso personal, lo que podría servir para todos, por mucho tiempo.

Quienes practican algo así viven una experiencia que suele repetirse continuamente en el transcurso de sus vidas. De esta forma montañas de libros se acumulan en cualquier rincón: clásicos que nadie quiso; títulos altamente cotizados; reseñas sobre cualquier extraño tema que sirven en otro cualquier extraño momento. Muchos se examinan con voracidad incansable, a otros los gasta el tiempo.

La Biblioteca ProvincialMartí resulta una de las instituciones más golpeadas por esta situación. A decir de su director, Manuel Hernández, este es un fenómeno que se presenta desde hace tiempo atrás. «Algunos lectores por necesidad o falta de escrúpulos se llevan algún ejemplar o peor, mutilan muchas de sus páginas para estudiar desde la casa y acabar más rápido.»

Pero los ladrones de libros no resultan una particularidad de este siglo. Desde la misma Edad Media se multiplicaron a tal punto, que muchas bibliotecas optaron por colgar carteles intimidatorios, concretamente, maldiciones que caerían sobre los que se apropiaran de cualquier volumen.

Por lo general se leían citas como «que el libro robado se transforme en un serpiente y te devore», o «que el ladrón se pudra y sus gusanos se alimenten de sus heridas». Asimismo, se popularizó la frase de Hai Excomunion, para disuadir a raptores católicos; si no devolvían el libro su justo e ineludible castigo sería arder en el infierno.

Pero amenazas como estas dejaron de surtir efecto desde que la superstición causa risa en el mundo actual. Marvelis Novoa trabaja desde hace 15 años enla Martí: «estadísticas concretas de la cantidad de volúmenes perdidos no tenemos, pero te puedo garantizar que son muchos los libros extraviados. Hemos conformado listas de reclamaciones con los nombres de los usuarios, la dirección particular y el teléfono de la casa o el trabajo, pero realmente son muy pocos los títulos recuperados.»

Sin dudas unos de los deberes del Sistema de Bibliotecas en Cuba es conservar el patrimonio bibliográfico que atesoran. El Decreto-Ley No 271/10, aprobado en agosto del pasado año concreta: «Las bibliotecas dela Repúblicade Cuba se nutren de colecciones que integran el patrimonio bibliográfico dela Nacióncubana, por lo que están obligadas a desarrollar programas para su conservación; sobre todo, del patrimonio bibliográfico propio o de contenido único o raro.»

¿Qué hacer entonces ante la indisciplina social, ante la tentación de muchos por cometer el delito más hermoso del mundo?

Aumentar la severidad de las medidas para los ladrones aparece como un camino viable; lograr un mejor control de los libros en existencia y de los préstamos, otra alternativa.

«Las ferias del libro reeditan cada año ejemplares que poco nos sirven a los universitarios — me alerta Dayana estudiante de la carrera de Letras dela Universidad Central—, en los almacenes dela Universidadnos dan también mucho libros inútiles y aquellos que verdaderamente nos sirven para estudiar cuentan con muy pocos ejemplares. ¿Qué hacer entonces cuando tienes una prueba dura y hay que estudiar mucho?»

Por otro lado los precios no son los más asequibles concuerda Laura, graduada de Periodismo hace apenas unos meses. «No solo en las ferias, también en las librerías. Hace años vendieron las Mil y una noche, un clásico de la literatura universal, pero cada uno de sus tres tomos valía veinte pesos, y a quién no le gustaría coleccionar una obra así.»

Sin dudas son muchos los factores que se tejen alrededor de los libros y sus ladrones románticos; pero el robo mutila el conocimiento general de la sociedad y daña el patrimonio cultural del país.

Ante el delito más hermoso del mundo cabría preguntarse, si el vacío creado en cualquier biblioteca o almacén tiene algún rasgo romántico o intelectual. Vale la pena pensar en plural (por todos nosotros), simplificar el yo, y darnos cuenta de que aun cuando robar un libro no sea un hecho delictivo de alta peligrosidad, si llena de agujeros, de vacíos culturales, el futuro del país.

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